BRISCA Y LA HOMEOPATÍA

Adopté a Brisca, mi Schnauzer mediana, hace 5 años. Estaba abandonada en una urbanización en la zona de Guadalajara. Fin de semana tras fin de semana se la veía pulular junto a su hermana Luna por las calles de la urbanización, en busca de algo que echar al estómago, y… ahora que la conozco, también en busca del cariño que ya no recibía de su antigua familia humana (aunque poco de cariñosos tendrían cuando las dejaron como las dejaron). Mi madre me hablaba de ella, me contaba cómo le arrancaba con la boca las garrapatas a su hermana… me contaba cómo paraba de comer y dejaba que su hermana acabara con el menú basurilla del día, cómo apareció una noche en la misma puerta de la segunda planta del edificio donde está el apartamentito rural de mis padres, y se colaba en el taller de mi tío para resguardarse del frío. Y sin ni siquiera haberla visto ni tocado una sola vez… me enamoré de ella. Eran los meses de enero y febrero de 2010, aquel invierno que tanto nevó… ni pensar quiero en las penurias que pasaban las dos. Finalmente las acogieron en un refugio de la zona, pero como he dicho anteriormente, el flechazo ya se había producido. Lo único que me frenaba para traerla conmigo en ese momento era el hecho de separarlas… ya que con dos sabía que económicamente no iba a poder. Desde el refugio nos contaban que estaban bien, pero que Luna, su hermana, se escapaba cada dos por tres, y Brisca se quedaba en su jaulita con el resto de perros. Sabiendo esto, y a pesar de más de un inconveniente por parte de los que llevaban el refugio, el corazón mandó y en mayo de 2010, Brisca puso por fin sus endebles patitas en esta casa.

Al principio todo estaba bien. Era un poco tímida, y a penas jugaba, pero rápidamente se empezó a relacionar bien con todos, incluido mi gato Leo, dueño y señor de TODO  lo que había en casa… Después de unos meses me independicé, y por supuesto Brisca vino conmigo. Y entonces empezaron a asomar los primeros problemas. Cuando llegaba a casa después de haberla dejado un rato sola, estaba demasiado inquieta, no con la alegría normal que tiene cualquier perro al recibir a su amo, era algo más. Empezaban a aparecer babas en la puerta de casa, y arañazos en la pared de alrededor. Llegó la Navidad, y con ella los dichosos petardos. Y Brisca entraba en estado de pánico. Jadeaba, babeaba, no paraba de dar vueltas… como si el mundo estuviera llegando a su fin. A partir de ahí la situación fue empeorando. Cuando se quedaba sola tiraba el cubo de la basura (y se lo zampaba todo), tiraba cualquier objeto que tuviera a mano, arañaba la puerta, y llenaba de babas y de marcas de sus patitas la casa entera. Cuando había tormenta aquello parecía ser para ella la Segunda Guerra Mundial. En una ocasión el nerviosismo debió de llevarla a darse a las drogas duras, y se tomó unos chupitos de Kh7 que encontró detrás del WC.  Se cargó un trozo de rodapié (con sus clavitos y astillas inofensivos), se quiso echar una partida a la Play, se fue a hacer una visita a la vecina de al lado saltando de terraza en terraza (pobre, era una señora mayor que estaba muy sola… como ella).

 

BRISCAY a la vez, empezaron sus problemas de estómago. Nunca fue una gran comedora, pero empezaba a hacerle ascos a la comida, y hasta que no estaba muertita de hambre no comía su pienso. De repente se ponía a comer césped en cantidades industriales para luego vomitarlo… o cagarlo. Empezaron las visitas al veterinario, cada vez más menudo. Le pinchaban corticoides, le daban pastillas… Mínimo dos o tres veces al año tocaba menú de arroz con pavo hervido, hasta que se recuperaba… pero siempre volvía a caer. Después de las Navidades de 2013, la situación se puso mucho más seria. Tuvo un episodio de vómitos y diarrea y acudí al veterinario como siempre, pero mucho más preocupada por tanta recaída. Le hicieron un análisis de heces y el resultado fue, según ellos, que no fabricaba enzimas pancreáticas, lo cual dificultaba sus digestiones. La recetaron enzimas, pero el resultado fue peor aún: más vómitos y más diarrea. Ver dudar a los veterinarios sobre la cantidad de enzimas que le teníamos que dar, me hizo desconfiar del tratamiento, y se lo retiré. Brisca no mejoraba, y el gran disgusto me lo llevé cuando en sus vómitos y diarreas empezó a aparecer sangre. Pedí opinión a un segundo veterinario, le hizo análisis de sangre y todo estaba bien. Su diagnóstico: gastritis crónica. Tratamiento: 15 días inyectándole antibiótico. Obviamente, no estaba dispuesta, y Brisca tampoco!! Me puse en contacto con mi Naturópata, que me indicó que le diera Juglans Regia (Nogal) en extracto fluido, que tiene propiedades antidiarreicas. Tampoco funcionó, y nos ponemos ya en el mes de febrero de 2014, con fantasmas revoloteando por mi aprensiva y negativa cabezota: por favor que no tenga cáncer ni nada que no tenga solución.

Compartiendo penas perrunas con una de mis compañeras de estudios, me habla de dos Homeópatas veterinarias que habían tratado a su perro por problemas hepáticos, y con las que le había ido muy bien (su perro ya no vivía pero gracias a ellas se había salvado en varias ocasiones). Me pasa el contacto y finalmente, con mi desesperación, y mi Brisca a cuestas me voy a ver a una de ellas a la sierra madrileña. Todo me pareció muy extraño, y he de reconocer que no sabía muy bien de que iba aquello de la Homeopatía, y que incluso me asustaba eso de que “lo similar cura lo similar”. Pensaba: “a ver si me la van a intoxicar y terminamos de liarla”. La entrevista con Ana duró una hora y media. Se interesó por Brisca en todos sus aspectos, físicos, y mentales. Preguntaba detalles que me costaba dar, pero que con un poco de esfuerzo fui sacando. Le hice una descripción perfecta de la evolución de los hechos, y me marché de vuelta a casa extrañada, y sin mi medicamento homeopático… ¿pero esto qué es?. Eso sí, marché con un saco de 12 kilos de pienso natural a base de pescado que sí o sí, con ascos o sin ellos, Brisca se iba a zampar. A los dos días recibí mail de Ana indicándome cual era el remedio homeopático que tenía que comprar, y cómo tenía que dárselo, ¿phosphorus?, ¿gránulos?, ¿dinamizar?… No entiendo nada, pero me voy a fiar. Le di su toma diaria durante tres días. A todo esto se iba haciendo con el nuevo pienso. Durante esos días hubo una leve mejoría, a penas comía césped, y las heces iban siendo más normales. En los siguientes días todo siguió yendo a mejor: nada de césped, nada de vómitos y nada de diarrea, y se comía todo el pienso que tenía en el plato!! Pero pasadas un par de semanas… vuelve a ponerse en modo vaca, y arrasa con el césped del barrio. Vómitos y diarrea, bienvenidos de nuevo. Contacto con Ana, y me explica que en ocasiones la Homeopatía puede provocar una agravación del cuadro al principio del tratamiento, pero que no tengo que asustarme (¿que no me asuste?…). Me indica que le repita las tomas, que continúe con el mismo pienso, y que me volverá a llamar. Pues vale…. la hice caso, la otra opción eran 15 días de antibiótico, así que… Phosporus 30CH, haz tu trabajo por favor!!. Y sí, Phosphorus hizo su trabajo. Ese par de días de finales de febrero de 2014 fueron los dos últimos días que yo he dudado de si Brisca  es perro o es vaca, los dos últimos días que no he sido capaz de recoger sus heces de lo líquidas y asquerosísimas que eran (perdón por ser tan escatológica), los dos últimos días que me he llevado el berrinche universal por no saber cómo ayudarla. No he vuelto a pisar un solo veterinario desde entonces. Y tampoco he tenido que volver a consultar con la Homeópata nunca más. Le encanta su pienso de pescado (bueno, le encanta…ya sabemos como son los perros), y aunque las chuches le caen de pascuas a ramos, cuando le caen, ya no le sientan mal. Tiene un tipín estupendo y hace sus caquitas que da gusto!!

BRISCA Y YOY os preguntaréis, ¿y qué tiene que ver todo esto con su miedo a los petardos, y a las tormentas, y a estar sola?. Pues algo tuvo que ver. Todo tuvo que ver: la abandonaron a su suerte en pleno invierno, se tiró meses comiendo de la basura (y de las galletas María que mi madre le daba), la llevaron a un refugio frío y húmedo en medio de una montaña (pasando las tormentas a la intemperie), la separaron de su hermana (nunca antes había estado sola). Y Brisca estaba que no estaba… por algún lado tiene que salir todo eso. Si, o sí. Tuvo una segunda oportunidad con nosotros, pero el daño ya estaba hecho. Nada de enzimas pancreáticas, ni antibióticos, ni pavo, ni corticoides, ni gastritis. El problema era de dentro, de raíz. La Homeopatía frenó aquella crisis, y no ha dejado que vuelva a aparecer. Se fueron los fantasmas y llegó la tranquilidad. No más modo vaca (aunque como todos los perros toma su ración muy de vez en cuando), no más caquitas imposibles de urgencia a las 4 de la madrugada, no más preocupaciones por si come o deja de comer. Hoy en día, he de reconocer que sigue siendo miedosa. Odia la lluvia y más las tormentas. Si escucha un ruido fuerte pega un bote y sale disparada. Se pone a temblar cuando sospecha que se va a quedar sola en casa. Pero su modo de tomárselo no es el mismo, no puede con ella. De alguna manera ha aprendido a canalizarlo de otro modo. Pero habrá próxima entrega de Brisca y la Homeopatía, porque ahora yo soy Homeópata, y tengo un reto: que sea la perra más valiente del mundo mundial, capaz de salir a pasear bajo la tormenta más terrible que se pueda imaginar, y capaz hasta de irse de vacaciones a Valencia en plenas Fallas!!

No he escrito esto con el fin de hacer un alegato a favor de la Homeopatía, pero aquellos que dicen que es agua, ni más ni menos, y que lo único que hay es efecto placebo… Brisca no sabía ni que tomaba, ni para qué lo tomaba. No hay lugar al efecto placebo en los animales.

Os seguiré informando!!

 

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